viernes, 11 de noviembre de 2016

“Halloween Park”

La magia de “Halloween Park” comienza desde el primer segundo. Y no es un modismo literario, es la pura verdad. Porque quien recibe a los espectadores, es una mujer vampira, al mejor estilo Morticia Addams. Ventanilla de por medio, la sensación de miedo ya está latente. Lo que sigue, es para chicos, como entrar al castillo de Drácula. Todo tenebroso, con personajes que no pertenecen a la obra pero que igual deambulan por los rincones del teatro La Casona. Es un todo. Por los pasillos que dejan delineadas sus mesitas del primer salón, vemos a un Conde asustadizo, un Monje misterioso, y princesas monstruos que asisten a los invitados. Aun no se entró a la sala y Halloween nos viste con sus aullidos y espanto.

La historia de “Halloween Park” se centra en un grupo de monstruos que les temen a los niños. Ellos, horrorosos por donde se los mire, ven a un niño y salen corriendo. Y ante la proximidad de la fiesta de Halloween donde tienen que ejercer su tarea, recurren a una pócima para perder el miedo. Ellos son Von Draco Mortensen alias Dientes Rotos (Facundo Ipólito), Chacha (Martina Pasce), Fidor el extraterrestre (Franco Fedele) y Frankie (Tullio Erik). Frente a ellos, el Niño Valiente (Nahuel Ipólito), quien los ayudará en su deseo de recuperar su identidad de monstruos voraces.

En formato de comedia musical, la obra tiene cuadros correctamente representados, pero se destaca por sobre todo, las perfomances de Martina Pasce, quien como Chacha, la bruja coqueta, lleva su trabajo a un nivel superlativo. Como si fuera la estrella de un musical de lujo que embellece la marquesina de la calle Corrientes, ella se roba toda la atención. Su voz rompe los niveles lógicos del infantil tradicional y llega a todos y emociona.

Con la dirección de Eleonora Russo, “Halloween Park” fusiona el entretenimiento para los chicos, la calidad artística de sus protagonistas para los mayores, y el delirio y el dinamismo para que ambas partes se diviertan por igual. Una inmejorable propuesta teatral para los chicos que disfrutan de las obras de terror infantil.

Por Mariano Casas Di Nardo
@MCasasDiNardo 




miércoles, 26 de octubre de 2016

“Tristán e Isolda”

Quien golpea primero golpea dos veces. Y la obra “Tristán e Isolda” es esa afirmación loopeada. Inmoviliza. Desde el primer segundo, la tensión invade la escena y no para de apabullarnos con frases e imágenes. Un diminuto espacio en el que va a pasar todo lo que tiene que pasar entre dos personas que se desean hasta lo irracional. A priori, tanto Florencia Prada como Matías Pisera Fuster, sus protagonistas, dan más para una publicidad familiar de un crédito bancario, que para lo que hacen dos amantes desesperados. Pero ellos se transforman, sus miradas son otras, sus pulsiones estallan y ya se siente en el aire una tensión sexual que nadie sabe para donde disparará.

Su director Marcelo Caballero acierta en la disposición de la sala. Escenario en el centro, rodeado por las plateas, un cubo principal más elevado y otros tres más pequeños a modo de diferentes ámbitos. Y entre la fiesta donde se encuentran, el momento en que se conocieron y la explicación de la vida privada de cada uno con sus respectivas parejas e hijos, ellos se matan de pasión. Lo sexual nunca se va de foco, incluso en los momentos en los que se le agrega información, nostalgia y hasta arrepentimiento. Aunque ellos, cuales felinos rabiosos, están a la expectativa de la piel del otro.

De estricto luto, los dos se presentan. Pero se les ve las ganas de sacarse todo y romperse los cuerpos. Instancia que llega a los segundos cuando semidesnudos, se electrifican. Tristán afloja ante la belleza de Isolda y ella, llega al orgasmo en su felicidad por sentirse deseada. Una lluvia real cae sobre ellos, erotismo puro. Cuerpo encimados, bocas que se confunden entre ellas y caricias que se deslizan con saña. Por momentos, Prada y Pisera Fuster transpiran sexo. Diálogos poéticos que demuestran un amor incondicional y de película, mezclado con lo más primitivo de una pareja que solo quiere sexo. Lo lírico y lo vulgar, danzando en la pista del deseo. El tándem Caballero, Prada y Pisera Fuster, provoca por demás.

Con una duración de no más de cuarenta minutos, “Tristán e Isolda” representa la vida de los amantes que se conocen a destiempo. Esa pasión por lo prohibido, esa desgracia de reconocer al amor de tu vida cuando ya está todo construido, y esa tranquilidad de que nada de lo que pase en los límites de una cama, un rincón o una mesa, modificará lo privado. Cada uno por su lado, sabiendo que el fuego entre ellos será eterno. Terminada cada tormenta, la realidad de ellos vuelve a su quietud, como la nuestra, que luego de ver teatro del más intenso, nos vamos pensando cómo será la vida de estos alineados enamorados por separado, y sobre todo, en cada azaroso encuentro.

Por Mariano Casas Di Nardo




 

miércoles, 27 de julio de 2016

“Tierra de Oz ¡Viví la magia!”

Asegura el slogan de “Tierra de Oz ¡Viví la magia!”: “Un musical para chicos… pensado a lo grande”. Y nunca tan cierto. Porque la precisión de sus multitudinarias coreografías, exactas voces y la elegancia en el vestuario, hacen que los más chicos queden hipnotizados. Y en ese armado, mucho tiene que ver la dupla que conforman Gigi Marchegiani (idea, libro y letras) y Sergio Lombardo (dirección y puesta en escena) para encantar desde el inicio con un ágil cuadro, para luego sí, comenzar el famoso relato.

Cuando uno elige ver obras como “El maravilloso mago de Oz” (escrito por Lyman Frank Baum en el 1900) o cualquiera del inventario de los hermanos Grimm, lo importante no es qué ver, sino cómo nos lo cuentan. Porque la historia de la pequeña que llega a una tierra fantástica y en su periplo va sumando amigos como Espantapájaros, Hojalata y León, ya la sabemos todos contada de mil formas. Sin embargo, con la bella, histriónica y perfecta bailarina Laurita Fernández, todo toma otro interés y hasta nos parece inédito.

Como contrapartida a la niña buena de Emma (Laurita Fernández) y sus amigos Tincho (Blas Rocco) y Fede (Matías Ferreira), se encuentra la malvada Odette, interpretación soberbia de Giannina Giunta (inentendible el escote que presenta para un infantil). Su voz, ya conocida por todos los amantes de los musicales, es el tono exacto que necesita la obra para tener su efímero drama. El reparto se completa con Anto Fittipaldi –Electra–, Sol Bardi –Selena–, Emi Fegger –Espantapájaros–, Pepe Ochoa –Robot/Hojalata–, José Tramontinni –León– y la misma Gigi Marchegiani como La maga de Oz. Del minucioso ensamble, se destaca por sobre todos, Grace Quelas, de gran recorrido en musicales de gran escala.

Volviendo a su certero eslogan, la obra conquista a todos los presentes por igual. A los chicos porque la historia es amigable desde el inicio y porque pocas veces pueden ver sobre un escenario coreografías de semejante magnitud y color. Y a los grandes y más teatreros, porque observamos que si bien no es una mega producción, hay un claro interés por realizar un show de primer nivel. Cantar en vivo, la elección de un vestuario distinto para cada cuadro para el cuerpo de baile y el juego de luces; lo elevan por sobre las obras infantiles de la temporada. El final circense, por el mero hecho de embellecer la puesta, es otro punto más a favor de la producción en su búsqueda de un aplauso espontáneo.

“Tierra de Oz ¡Viví la magia!” es el claro ejemplo, de que se puede utilizar la maquinaria televisiva de su máxima figura, como es Laurita Fernández, para subir la apuesta y ofrecer una obra de calidad. Recomendada para pasar una tarde a pura diversión bailada y cantada.

Por Mariano Casas Di Nardo
@MCasasDiNardo





lunes, 18 de julio de 2016

“Waterloo, a bailar”

Tres motivos bien marcados son los que hacen de “Waterloo, a bailar” una muy interesante obra. La música de ABBA, la presencia de Carolina Ibarra y arte de Anabella Simonetti (si entendemos por arte, su gestualidad, baile y voz). Y ensamblados en su punto junto, se puede hacer un musical gigantesco para llevar al Luna Park o bien, una pincelada llamativa, como en este caso. Porque al parecer, así lo entendió y utilizó su director Julián Martín Boffa, quien en el pequeño diámetro del escenario del Teatro Buenos Aires, nos ofrece un relato infinito. Infinito en sí, porque la historia es perdurable en el tiempo y porque las canciones elegidas de ABBA se nos meten entre todos los recuerdos y en más de un cuadro, hasta nos reconocemos.

Ambientada en los años 70, la obra cuenta sobre una pareja que se conoce en la discoteca de moda “Waterloo”. Por un lado, Fernando (Ezequiel Fernanz), el Romeo enamorado de Emma (Agustina Vera), quien encuentra en la insistencia de su amigo Galo (Walter Bruno), la valentía para ir a buscar a su nuevo y sorpresivo amor. Del otro lado, la misma Emma quien junto a su amiga Moira (Anabella Simonetti), se escurren entre las garras de estos dos efervescentes chicos. Todo bajo la atenta mirada de una especie de Cupido mujer, interpretado sabiamente por Carolina Ibarra. Y así, entre veloces diálogos, exactas y ajustadas coreografías y las canciones de ABBA en castellano, “Waterloo, a bailar” nos va dibujando una sonrisa.     

Escuchar las canciones de ABBA ya nos da un nivel de universalidad importante. Nadie que se jacte de melómano puede no sucumbir ante los acordes de, por ejemplo, “Super Trouper”, “Take A Chance On Me” o “Dancing Queen”. Y cuando en escena el protagonismo lo asume Carolina Ibarra, la obra está completa. Lo mismo sucede cuando Anabella Simonetti se vuelve el centro de la coreografía. Ellas bailan y cantan con todo el cuerpo y la atención es inmediata y el aplauso espontáneo. Otros puntos altos son “The Winner Takes It All” y “Chiquitita” con Ezequiel Fernanz como intérprete.

Con un vestuario creíble y las simpáticas coreografías de Mariana Szchumacher (que disimulan a la perfección el pequeño espacio en el que transcurre la historia), “Waterloo, a bailar” juega perversamente con nuestra voluntad. Porque estéticamente es bella, alegre e iluminada, pero nos deja con ganas de ver más a Carolina Ibarra, quien en cada una de sus pequeñas apariciones, deja una estela de su brillo. Así también la voz de Anabella Simonetti, la cual obliga a que tenga su canción en solitario (por qué no “Thank You For The Music” que injustamente quedó afuera del repertorio y le caería muy bien a su registro vocal). La dulzura de Agustina Vera en su rol protagónico, la energía de Walter Bruno y la bondad de Ezequiel Fernanz, mantienen el nivel de pureza para que sea catalogada como una obra apta todo público.

“Waterloo, a bailar” nos deja en claro que la música de por sí, toca fibras que ningún texto por mejor actuado que esté, puede hacerlo. Y en esta inexplicable sensación que la razón desconoce, el triángulo ABBA, Ibarra y Simonetti, es vital. Un superó con signos de admiración para el musical escrito y dirigido por Julián Martín Boffa.

Por Mariano Casas Di Nardo

jueves, 30 de junio de 2016

“Menea para mí” –el amor en un barrio bajo–

Muchas veces se habla del teatro psicológico o del thriller para exorcizar los miedos que un director o autor llevan dentro. Y se nota por todos los huecos del guión, en la puesta de escena y en los diálogos. Los amantes del teatro siempre se dan cuenta cuándo y por qué, el director puso su realidad; guste o no, esté plasmado de forma errónea o precisa. La cuestión que incomoda es cuando uno presencia una obra que descoloca. Cuando la obra traspasa la ficción y parece ser todo realidad. Como en esos films de Carlos Sorín con no actores y sí con lugareños, que hace todo híper real y uno pierde parámetros. Se entra en un laberinto del que no sabe cuál es la entrada ni la salida, como tampoco qué es verdad y qué no. “Menea para mí” desorienta, atemoriza, apasiona, incomoda, provoca y enamora. Y Mariana Bustinza es la clave. Su vida, su pasado, su arte, su idioma y su lenguaje corporal, son los que nos ahogan durante una hora y minutos de función.

Dicen que Twitter en su afán de contar lo que está sucediendo en el momento, agiganta la realidad. Precisa descripción de lo que también es Bustinza como dramaturga y directora. Ilógico que esa comediante de Improvisa2 que hace reír desde hace años en los escenarios argentinos, nos plantee esa escena patética y lúgubre. Desde que atravesamos la puerta de la sala, ella con sus artilugios subliminales nos adentra en el corazón de una villa, donde sombras adolescentes hacen su vida. Lo más opaco del ser humano expuesto como la Zona Roja de Amsterdam. Almas petardeantes, desafiantes, derrumbadas y penosas en primer plano. La ambientación es perfecta. Podría decirse que nadie en el teatro nacional, representó de forma tan exacta a una villa.

La obra es una radiografía de la Villa 21, suponemos por el lookeo de Huracán de la mayoría de sus integrantes. Y así, podemos observar y entender la vida de El Maxi (Luciano Crispi), de qué vive, quiénes son sus amigos, qué relación tiene con sus pares, su ferocidad cuando cuida a su hermana menor y la cursilería genuina cuando le demuestra su amor a La Pao (Vicky Schwint), y cuando arruina su noviazgo por las consecuencias de la droga. En su periferia, pero casi a la par de protagonismo, emerge la oscuridad de El Tucu (Ezequiel Baquero), otro pilar de este suburbio, que en su lumpenaje, mantiene una fidelidad inédita con La Magui (Victoria Raposo). Más irascible que su compañero, se posiciona como un verdadero bandolero. Solo verlos, asusta. Completa este tridente, El Wester (Germán Matías), el más rudimentario y efectivo. Absoluto acierto de Mariana Bustinza para darle a todo su matiz justo. A los modismos, a los arranques, balbuceos y por sobre todo al vestuario. Un trabajo global, que muestra además de su dirección general, la particularidad que realizó con cada integrante.

“Menea para mí” inicia desde que uno entra a la sala y se acomoda en la butaca; y termina cuando uno empieza a olvidársela. Porque luego del aplauso final, resabios de lo vivido comienzan a gotear en nuestros pensamientos. Y nos puede venir la remera Lacoste made in La Salada de La Peque (Mica Quintano), la vulgaridad de La Pao o lo andrógino de La Rocha (Florencia Rebecchi). Todas percepciones que tal vez no asimilamos cuando vemos la obra pero después decantan y no hacen más que enaltecer la figura de su autora. Algo es cierto; nada de lo que vemos gusta. Porque por sobre todo, sobrevuela nuestro miedo y nuestro estado de alerta. Sus performances bailadas que narran escenas de sexo, pelea, escape, drogas y violencia, profundizan la tensión. Y cuando parece que todo drena, La Mami (Mechi Hazaña) y su estética primitiva, saltan a escena. Nadie sobreactúa y eso, en su contexto, definitivamente abruma.

“Menea para mí” es un todo corrosivo que nos mancha lo tomemos de donde lo tomemos. La demostración del talento de Mariana Bustinza para con una obra de teatro, quedarse en nuestra antología para siempre.

Por Mariano Casas Di Nardo




miércoles, 29 de junio de 2016

“Hoy función”

La sabiduría de Eduardo Bertoglio como autor y director de la Compañía Circo Alboroto es recrear sobre una idea adulta y un guión inteligente, una obra de teatro para toda la familia. El color y la estética clown para los más chiquitos y la destreza de sus protagonistas y el humor de los inolvidables Buster Keaton y Charles Chaplin, para ponerle ribetes de slapstick comedy a la casi hora y media que dura la función. Es un poco extensa para los más chicos, pero ninguno lo nota. La hipnosis al parecer, es total y sostenida.

“Hoy Función” cuenta la vida de cuatro personajes, Rula, Mambo, Cartucho y Coqui, quienes llegan a su teatro para preparar todo lo que antecede a cualquier función de un circo. El problema es que no saben si habrá público, aunque sus ganas de hacer lo que aman, los supera. Así, entre torpezas, despistes, meditaciones y ensayos improvisados, se van sucediendo las más disparatadas situaciones. Entre la velocidad con la que se pasan los cuadros, los que más lucen son los que muestran la destreza física de Rula y Mambo, dos verdaderas acróbatas. Movimientos al mejor estilo Cirque du Soleil, lookeado sobre los rasgos de un circo de barrio.

Si las chicas le ponen la cuota de proeza, los chicos suman con simpatía y espontaneidad. Cartucho en primer lugar es el primer vínculo entre la sonrisa de la platea y la obra en sí; luego se suma la modorra de Coqui y volvemos al alienamiento de Mambo. Rula, más centrada en su personaje, equilibra todo para que no sea una explosión constante de locura.

“Hoy función” es también una fehaciente muestra que sus creadores respiran teatro. Que no improvisan ni aprovechan, y que en cada detalle ponen el corazón; desde su vestuario a cargo de Sandra Szwarcberg, la escenografía de Yaya Firpo y la música original de Francisco Sokolowicz. Todos puntos que superpuestos de manera correcta, hace una entretenida y criteriosa propuesta infantil para toda la familia.

Por Mariano Casas Di Nardo





martes, 28 de junio de 2016

“La Varsovia”

La calidad poética del autor es la que decide cómo contar lo que se quiere contar, por más atroz que sea la historia. Y la obra teatral “La Varsovia”, demuestra que hasta el infierno más oscuro, puede describirse de bella manera.

La escenografía es tan delicada como minimalista. Con la textura de la madera balsa, se recrea la proa de un barco y a su alrededor como dos pequeñas islas. A un costado, casi en la penumbra, un banco donde los dos músicos le pondrán a lo narrado cortina en vivo y en directo. Matías Wettlin toca la guitarra e Ignacio Pérez, el bandoneón. Y siempre, pero siempre que hay música en vivo, la atmósfera genera más todo. Ya ubicados en nuestras butacas, sabemos que vamos a disfrutar como pocas veces de ese teatro real, de poca distancia entre unos y otros.  

Y allí vemos a sus protagonistas. A Mignón y Hanna; en principio dos mujeres bien que viajan en barco y cuchichean los pormenores de su travesía, mientras una siente las consecuencias de comer de más y la otra la asiste en su recuperación. No hay más indicios que ellas dos ahí, tan preciosas y delicadas como lo demuestran sus peinados y vestuario, al menos el de Mignón (Laura Castillo) con un acento bien argentino de la década del 30; mientras que Hanna (Lena Simón) se pronuncia con un exacto timbre originario de Europa del Este.

Si al refinamiento plasmado con su escenografía, le sumamos su armoniosa música en vivo y lo artístico de sus protagonistas, las actuaciones no podían excederse de un estrecho margen entre lo bello y sensual. Justo espacio para que tanto Laura Castillo como Lena Simón muestren la nitidez de su femineidad. Sus gestos, sus pausas, sus silencios altaneros y sus cambios jerárquicos nunca se mueven del espacio que suponemos, le marcó su directora Liliana Adi. Brillante tarea de quien puso en escena y craneó semejante perla teatral.

Recordemos que aun con la mejor la dulzura, se puede explicar la peor crueldad y no perder la compostura ni la elegancia. Que al final nos termina dejando un peor sabor que si nos lo contaran de la forma más brutal. Eso es “La Varsovia”, una caricia que deja el más letal de los venenos en nuestra piel.

Por Mariano Casas Di Nardo