miércoles, 27 de julio de 2016

“Tierra de Oz ¡Viví la magia!”

Asegura el slogan de “Tierra de Oz ¡Viví la magia!”: “Un musical para chicos… pensado a lo grande”. Y nunca tan cierto. Porque la precisión de sus multitudinarias coreografías, exactas voces y la elegancia en el vestuario, hacen que los más chicos queden hipnotizados. Y en ese armado, mucho tiene que ver la dupla que conforman Gigi Marchegiani (idea, libro y letras) y Sergio Lombardo (dirección y puesta en escena) para encantar desde el inicio con un ágil cuadro, para luego sí, comenzar el famoso relato.

Cuando uno elige ver obras como “El maravilloso mago de Oz” (escrito por Lyman Frank Baum en el 1900) o cualquiera del inventario de los hermanos Grimm, lo importante no es qué ver, sino cómo nos lo cuentan. Porque la historia de la pequeña que llega a una tierra fantástica y en su periplo va sumando amigos como Espantapájaros, Hojalata y León, ya la sabemos todos contada de mil formas. Sin embargo, con la bella, histriónica y perfecta bailarina Laurita Fernández, todo toma otro interés y hasta nos parece inédito.

Como contrapartida a la niña buena de Emma (Laurita Fernández) y sus amigos Tincho (Blas Rocco) y Fede (Matías Ferreira), se encuentra la malvada Odette, interpretación soberbia de Giannina Giunta (inentendible el escote que presenta para un infantil). Su voz, ya conocida por todos los amantes de los musicales, es el tono exacto que necesita la obra para tener su efímero drama. El reparto se completa con Anto Fittipaldi –Electra–, Sol Bardi –Selena–, Emi Fegger –Espantapájaros–, Pepe Ochoa –Robot/Hojalata–, José Tramontinni –León– y la misma Gigi Marchegiani como La maga de Oz. Del minucioso ensamble, se destaca por sobre todos, Grace Quelas, de gran recorrido en musicales de gran escala.

Volviendo a su certero eslogan, la obra conquista a todos los presentes por igual. A los chicos porque la historia es amigable desde el inicio y porque pocas veces pueden ver sobre un escenario coreografías de semejante magnitud y color. Y a los grandes y más teatreros, porque observamos que si bien no es una mega producción, hay un claro interés por realizar un show de primer nivel. Cantar en vivo, la elección de un vestuario distinto para cada cuadro para el cuerpo de baile y el juego de luces; lo elevan por sobre las obras infantiles de la temporada. El final circense, por el mero hecho de embellecer la puesta, es otro punto más a favor de la producción en su búsqueda de un aplauso espontáneo.

“Tierra de Oz ¡Viví la magia!” es el claro ejemplo, de que se puede utilizar la maquinaria televisiva de su máxima figura, como es Laurita Fernández, para subir la apuesta y ofrecer una obra de calidad. Recomendada para pasar una tarde a pura diversión bailada y cantada.

Por Mariano Casas Di Nardo
@MCasasDiNardo





lunes, 18 de julio de 2016

“Waterloo, a bailar”

Tres motivos bien marcados son los que hacen de “Waterloo, a bailar” una muy interesante obra. La música de ABBA, la presencia de Carolina Ibarra y arte de Anabella Simonetti (si entendemos por arte, su gestualidad, baile y voz). Y ensamblados en su punto junto, se puede hacer un musical gigantesco para llevar al Luna Park o bien, una pincelada llamativa, como en este caso. Porque al parecer, así lo entendió y utilizó su director Julián Martín Boffa, quien en el pequeño diámetro del escenario del Teatro Buenos Aires, nos ofrece un relato infinito. Infinito en sí, porque la historia es perdurable en el tiempo y porque las canciones elegidas de ABBA se nos meten entre todos los recuerdos y en más de un cuadro, hasta nos reconocemos.

Ambientada en los años 70, la obra cuenta sobre una pareja que se conoce en la discoteca de moda “Waterloo”. Por un lado, Fernando (Ezequiel Fernanz), el Romeo enamorado de Emma (Agustina Vera), quien encuentra en la insistencia de su amigo Galo (Walter Bruno), la valentía para ir a buscar a su nuevo y sorpresivo amor. Del otro lado, la misma Emma quien junto a su amiga Moira (Anabella Simonetti), se escurren entre las garras de estos dos efervescentes chicos. Todo bajo la atenta mirada de una especie de Cupido mujer, interpretado sabiamente por Carolina Ibarra. Y así, entre veloces diálogos, exactas y ajustadas coreografías y las canciones de ABBA en castellano, “Waterloo, a bailar” nos va dibujando una sonrisa.     

Escuchar las canciones de ABBA ya nos da un nivel de universalidad importante. Nadie que se jacte de melómano puede no sucumbir ante los acordes de, por ejemplo, “Super Trouper”, “Take A Chance On Me” o “Dancing Queen”. Y cuando en escena el protagonismo lo asume Carolina Ibarra, la obra está completa. Lo mismo sucede cuando Anabella Simonetti se vuelve el centro de la coreografía. Ellas bailan y cantan con todo el cuerpo y la atención es inmediata y el aplauso espontáneo. Otros puntos altos son “The Winner Takes It All” y “Chiquitita” con Ezequiel Fernanz como intérprete.

Con un vestuario creíble y las simpáticas coreografías de Mariana Szchumacher (que disimulan a la perfección el pequeño espacio en el que transcurre la historia), “Waterloo, a bailar” juega perversamente con nuestra voluntad. Porque estéticamente es bella, alegre e iluminada, pero nos deja con ganas de ver más a Carolina Ibarra, quien en cada una de sus pequeñas apariciones, deja una estela de su brillo. Así también la voz de Anabella Simonetti, la cual obliga a que tenga su canción en solitario (por qué no “Thank You For The Music” que injustamente quedó afuera del repertorio y le caería muy bien a su registro vocal). La dulzura de Agustina Vera en su rol protagónico, la energía de Walter Bruno y la bondad de Ezequiel Fernanz, mantienen el nivel de pureza para que sea catalogada como una obra apta todo público.

“Waterloo, a bailar” nos deja en claro que la música de por sí, toca fibras que ningún texto por mejor actuado que esté, puede hacerlo. Y en esta inexplicable sensación que la razón desconoce, el triángulo ABBA, Ibarra y Simonetti, es vital. Un superó con signos de admiración para el musical escrito y dirigido por Julián Martín Boffa.

Por Mariano Casas Di Nardo

jueves, 30 de junio de 2016

“Menea para mí” –el amor en un barrio bajo–

Muchas veces se habla del teatro psicológico o del thriller para exorcizar los miedos que un director o autor llevan dentro. Y se nota por todos los huecos del guión, en la puesta de escena y en los diálogos. Los amantes del teatro siempre se dan cuenta cuándo y por qué, el director puso su realidad; guste o no, esté plasmado de forma errónea o precisa. La cuestión que incomoda es cuando uno presencia una obra que descoloca. Cuando la obra traspasa la ficción y parece ser todo realidad. Como en esos films de Carlos Sorín con no actores y sí con lugareños, que hace todo híper real y uno pierde parámetros. Se entra en un laberinto del que no sabe cuál es la entrada ni la salida, como tampoco qué es verdad y qué no. “Menea para mí” desorienta, atemoriza, apasiona, incomoda, provoca y enamora. Y Mariana Bustinza es la clave. Su vida, su pasado, su arte, su idioma y su lenguaje corporal, son los que nos ahogan durante una hora y minutos de función.

Dicen que Twitter en su afán de contar lo que está sucediendo en el momento, agiganta la realidad. Precisa descripción de lo que también es Bustinza como dramaturga y directora. Ilógico que esa comediante de Improvisa2 que hace reír desde hace años en los escenarios argentinos, nos plantee esa escena patética y lúgubre. Desde que atravesamos la puerta de la sala, ella con sus artilugios subliminales nos adentra en el corazón de una villa, donde sombras adolescentes hacen su vida. Lo más opaco del ser humano expuesto como la Zona Roja de Amsterdam. Almas petardeantes, desafiantes, derrumbadas y penosas en primer plano. La ambientación es perfecta. Podría decirse que nadie en el teatro nacional, representó de forma tan exacta a una villa.

La obra es una radiografía de la Villa 21, suponemos por el lookeo de Huracán de la mayoría de sus integrantes. Y así, podemos observar y entender la vida de El Maxi (Luciano Crispi), de qué vive, quiénes son sus amigos, qué relación tiene con sus pares, su ferocidad cuando cuida a su hermana menor y la cursilería genuina cuando le demuestra su amor a La Pao (Vicky Schwint), y cuando arruina su noviazgo por las consecuencias de la droga. En su periferia, pero casi a la par de protagonismo, emerge la oscuridad de El Tucu (Ezequiel Baquero), otro pilar de este suburbio, que en su lumpenaje, mantiene una fidelidad inédita con La Magui (Victoria Raposo). Más irascible que su compañero, se posiciona como un verdadero bandolero. Solo verlos, asusta. Completa este tridente, El Wester (Germán Matías), el más rudimentario y efectivo. Absoluto acierto de Mariana Bustinza para darle a todo su matiz justo. A los modismos, a los arranques, balbuceos y por sobre todo al vestuario. Un trabajo global, que muestra además de su dirección general, la particularidad que realizó con cada integrante.

“Menea para mí” inicia desde que uno entra a la sala y se acomoda en la butaca; y termina cuando uno empieza a olvidársela. Porque luego del aplauso final, resabios de lo vivido comienzan a gotear en nuestros pensamientos. Y nos puede venir la remera Lacoste made in La Salada de La Peque (Mica Quintano), la vulgaridad de La Pao o lo andrógino de La Rocha (Florencia Rebecchi). Todas percepciones que tal vez no asimilamos cuando vemos la obra pero después decantan y no hacen más que enaltecer la figura de su autora. Algo es cierto; nada de lo que vemos gusta. Porque por sobre todo, sobrevuela nuestro miedo y nuestro estado de alerta. Sus performances bailadas que narran escenas de sexo, pelea, escape, drogas y violencia, profundizan la tensión. Y cuando parece que todo drena, La Mami (Mechi Hazaña) y su estética primitiva, saltan a escena. Nadie sobreactúa y eso, en su contexto, definitivamente abruma.

“Menea para mí” es un todo corrosivo que nos mancha lo tomemos de donde lo tomemos. La demostración del talento de Mariana Bustinza para con una obra de teatro, quedarse en nuestra antología para siempre.

Por Mariano Casas Di Nardo




miércoles, 29 de junio de 2016

“Hoy función”

La sabiduría de Eduardo Bertoglio como autor y director de la Compañía Circo Alboroto es recrear sobre una idea adulta y un guión inteligente, una obra de teatro para toda la familia. El color y la estética clown para los más chiquitos y la destreza de sus protagonistas y el humor de los inolvidables Buster Keaton y Charles Chaplin, para ponerle ribetes de slapstick comedy a la casi hora y media que dura la función. Es un poco extensa para los más chicos, pero ninguno lo nota. La hipnosis al parecer, es total y sostenida.

“Hoy Función” cuenta la vida de cuatro personajes, Rula, Mambo, Cartucho y Coqui, quienes llegan a su teatro para preparar todo lo que antecede a cualquier función de un circo. El problema es que no saben si habrá público, aunque sus ganas de hacer lo que aman, los supera. Así, entre torpezas, despistes, meditaciones y ensayos improvisados, se van sucediendo las más disparatadas situaciones. Entre la velocidad con la que se pasan los cuadros, los que más lucen son los que muestran la destreza física de Rula y Mambo, dos verdaderas acróbatas. Movimientos al mejor estilo Cirque du Soleil, lookeado sobre los rasgos de un circo de barrio.

Si las chicas le ponen la cuota de proeza, los chicos suman con simpatía y espontaneidad. Cartucho en primer lugar es el primer vínculo entre la sonrisa de la platea y la obra en sí; luego se suma la modorra de Coqui y volvemos al alienamiento de Mambo. Rula, más centrada en su personaje, equilibra todo para que no sea una explosión constante de locura.

“Hoy función” es también una fehaciente muestra que sus creadores respiran teatro. Que no improvisan ni aprovechan, y que en cada detalle ponen el corazón; desde su vestuario a cargo de Sandra Szwarcberg, la escenografía de Yaya Firpo y la música original de Francisco Sokolowicz. Todos puntos que superpuestos de manera correcta, hace una entretenida y criteriosa propuesta infantil para toda la familia.

Por Mariano Casas Di Nardo





martes, 28 de junio de 2016

“La Varsovia”

La calidad poética del autor es la que decide cómo contar lo que se quiere contar, por más atroz que sea la historia. Y la obra teatral “La Varsovia”, demuestra que hasta el infierno más oscuro, puede describirse de bella manera.

La escenografía es tan delicada como minimalista. Con la textura de la madera balsa, se recrea la proa de un barco y a su alrededor como dos pequeñas islas. A un costado, casi en la penumbra, un banco donde los dos músicos le pondrán a lo narrado cortina en vivo y en directo. Matías Wettlin toca la guitarra e Ignacio Pérez, el bandoneón. Y siempre, pero siempre que hay música en vivo, la atmósfera genera más todo. Ya ubicados en nuestras butacas, sabemos que vamos a disfrutar como pocas veces de ese teatro real, de poca distancia entre unos y otros.  

Y allí vemos a sus protagonistas. A Mignón y Hanna; en principio dos mujeres bien que viajan en barco y cuchichean los pormenores de su travesía, mientras una siente las consecuencias de comer de más y la otra la asiste en su recuperación. No hay más indicios que ellas dos ahí, tan preciosas y delicadas como lo demuestran sus peinados y vestuario, al menos el de Mignón (Laura Castillo) con un acento bien argentino de la década del 30; mientras que Hanna (Lena Simón) se pronuncia con un exacto timbre originario de Europa del Este.

Si al refinamiento plasmado con su escenografía, le sumamos su armoniosa música en vivo y lo artístico de sus protagonistas, las actuaciones no podían excederse de un estrecho margen entre lo bello y sensual. Justo espacio para que tanto Laura Castillo como Lena Simón muestren la nitidez de su femineidad. Sus gestos, sus pausas, sus silencios altaneros y sus cambios jerárquicos nunca se mueven del espacio que suponemos, le marcó su directora Liliana Adi. Brillante tarea de quien puso en escena y craneó semejante perla teatral.

Recordemos que aun con la mejor la dulzura, se puede explicar la peor crueldad y no perder la compostura ni la elegancia. Que al final nos termina dejando un peor sabor que si nos lo contaran de la forma más brutal. Eso es “La Varsovia”, una caricia que deja el más letal de los venenos en nuestra piel.

Por Mariano Casas Di Nardo




lunes, 20 de junio de 2016

“El nuevo parador de Valeria”

La grata sorpresa que presenta la obra de Paula Schapiro con dirección de Valeria Grossi, es que está realizada en su mayoría por chicos, con solo dos mayores en roles secundarios. Como esos restaurantes que anuncia “atendidos por sus propios dueños”. Porque así los chicos se sienten que nada de lo que están viendo es imposible o lejano; y así se sienten más cercanos. En resumen, obra de teatro de chicos, para chicos.

Sin duda, la frescura de las coreografías (Diego Bros) y de las canciones originales (Carlos Gianni), rápidamente elevan a la obra a un nivel de excelencia. De esta forma, el Centro Cultural San Martín, ofrece a su público, sin tanto marketing ni brillantina, una verdadera joya de arte para nuestros hijos. Diez actores, que se destacan por su histrionismo y por su calidad vocal, performática y en algunos casos, hasta musical.

“El nuevo parador de Valeria” cuenta la historia de la misma Valeria, quien como cada año, abre el puesto de bebidas que tiene en la playa. Ella, junto a su hijo y amigos, le darán vida a la costa, para que todos los turistas, se sientan como en su casa. Y allí estará Ariel, padre soltero, que intentará concretar su sueño de enamorar a la dueña del parador de la playa a la que acude desde hace tiempo, en cada verano. A su vez, los chicos, hacen su juego, siempre con canciones que remarcan los valores del compañerismo y el respeto.

Un placer ver el talento de los pequeños bailando a ritmo, cantando en sintonía, actuando creíblemente, y brillando en soledad cuando asumen el protagonismo. Un elenco homogéneo, que brilla por la suma de sus partes. Sin duda, “El nuevo parador de Valeria” es una excelente propuesta infantil, para toda la familia.

Por Mariano Casas Di Nardo
@MCasasDiNardo




martes, 14 de junio de 2016

“Adicción”

Infinidad de obras abarcan el tema del amor y tratan de reflejarlo en palabras lo mejor articuladas posibles para demostrar cómo siente un corazón en carne viva. Pero tal vez, la versión de Agustín Chenaut sea de las más certeras del teatro nacional en los últimos años.

Insisto, “Adicción” aborda el tema del amor. Sin poesía, tampoco belleza y menos calma. De la forma más bruta. Porque el amor es eso, un sentimiento rudimentario que puede vestir de romántico cuando está controlado pero que cuando todo se desborda, es demencial. Y allí la vemos a Mariana Moschetto, una de las actrices, demostrando lo más alienado del sentimiento. La bajeza, la altanería, lo ordinario, lo bipolar y lo básico de esa pulsión que camuflamos con besos y caricias, pero nos llena de ira por dentro.

“Adicción” es lo que siente todo ser humano y que Agustín Chenaut, como autor y director, pone en imágenes. Pasajes hablados, aunque la mayoría musicalizados, para que empecemos a intranquilizarnos. Una hora y minutos que nos movilizan por dentro. También “Adicción” es ese instante donde perdemos de vista lo que necesitamos para respirar, perdiendo así el equilibrio.

La escenografía es justa, deformando el acotado escenario del teatro La Revuelta. Seis actores en un espacio de tres por tres, que hacen infinito cuando el director da el okey. Cada uno de ellos significa algo. Pero es tan profundo que difícilmente se los pueda describir con palabras. Es que hay que ver “Adicción” para entender mejor esta crítica. Algo es obvio, la voz de Agustina Donantueno cautiva. Y cuando canta, una brisa de aire fresco sobrevuela semejante infierno. Sofía Black Kali le pone belleza e ingenuidad adolescente y Mariana Moschetto, nervio y fiebre. A su vez, los hombres (Gustavo Vacca, Ezequiel Baquero y Lucas Villar) cristalizan la fuerza; ese abismo recíproco entre la rabia y la lástima.

“Adicción” es el estado demente que hace implosión en nuestra cabeza cuando se nos escurre el agua de las manos. Es una obra de teatro con la cual autorizamos a Agustín Chenaut a zamarrearnos de lado a lado con total prepotencia. Y encima nos vamos contentos.

Por Mariano Casas Di Nardo